Registro De Titulares
El registro está vacío. Quien lo reclame primero queda escrito aquí para siempre — desde 3 US$.
La Historia
En el otoño de 1519, los marineros portugueses que regresaban de extenuantes travesías oceánicas entraron por la desembocadura del río Tajo. En el horizonte divisaron una silueta blanca que se alzaba sobre las aguas como una joya de piedra: la recién concluida Torre de Belém. Para los navegantes que volvían de la India, Brasil o las costas de África, la torre no era solo una bienvenida, sino la prueba fehaciente de su supervivencia. En aquella época, la torre no estaba unida a tierra firme como hoy, sino asentada sobre un afloramiento basáltico en medio del río, rodeada por las mareas.
Mandada erigir por el rey Manuel I para proteger el puerto y proclamar el poder marítimo luso, la torre se convirtió en el símbolo indiscutible de la Era de los Descubrimientos.
Travesías Oceánicas Esculpidas En Piedra
La torre era mucho más que un baluarte militar; constituía la cumbre del arte manuelino, el gótico tardío portugués. Su rasgo definitorio era la devoción por el mar: en sus muros de piedra caliza se tallaron gruesas sogas marineras, anclas, esferas armilares, algas y plantas exóticas de continentes lejanos. Los arquitectos trasladaron el espíritu de los océanos a la propia fábrica del edificio.
La galería abierta hacia el sur poseía una ligereza veneciana casi palaciega. Sin embargo, tras esa elegancia se ocultaba una poderosa batería de artillería a ras del agua, capaz de hundir cualquier navío invasor.
Mazmorras Bajo La Marea
La luz y el esplendor de las plantas superiores contrastaban con el sombrío sótano. En el nivel inferior se ubicaban mazmorras situadas por debajo del nivel de pleamar del río. Durante la marea alta, el agua fría del Tajo se filtraba por las rejas e inundaba las celdas hasta la cintura de los prisioneros políticos y cautivos extranjeros.
El detalle más singular del exterior se esconde bajo una ménsula de la garita occidental: la escultura de un rinoceronte. En 1515 llegó a Lisboa un rinoceronte vivo como regalo de la India al rey Manuel, el primero visto en Europa desde tiempos de Roma. Fascinados por el animal, los canteros inmortalizaron su figura en la base de la torre, convirtiéndose en la primera representación de un rinoceronte en el arte europeo.
Hoy
Con el paso de los siglos, el Tajo alteró su curso y los sedimentos conectaron la torre a la orilla. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983, la Torre de Belém sigue en pie como el testimonio de piedra más elocuente de la gran era náutica portuguesa.